🎫 𝚄𝚗 𝙿𝚎𝚛𝚛𝚘 𝙰𝚗𝚍𝚊𝚕𝚞𝚣 (𝙴𝚂𝙿-𝙴𝙽𝙶)

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marabuzal4 days ago8 min read


A @maiasun84

Hay dos nombres.
Luis Buñuel.
Salvador Dalí.

Y hay una película: Un perro andaluz.

Dos nombres para la historia. Dos mundos. Dos sueños.

Y en esa película se atrevieron a explorar juntos los rincones más oscuros y absurdos de la imaginación.

En aquella pequeña habitación de París, no eran solo un director y un pintor: eran cómplices, provocándose el uno al otro, riéndose de lo imposible, dejando que sus miedos y obsesiones más personales se fundieran en la película.

A veces, la chispa surgía de una idea compartida; otras, de un desacuerdo visceral. Así, entre la complicidad y la tensión latente, dos mentes irrepetibles tejieron, casi sin querer, un enigma que el tiempo no ha logrado descifrar.



Mientras que el cine posterior de Buñuel se caracterizaría por un surrealismo diverso, anclado en un feroz anticlericalismo y una crítica social precisa y mordaz, Dalí evolucionaría hacia su “método paranoico-crítico”, más pictórico y personal.

Pero en 1929, sus obsesiones confluyeron en una tormenta perfecta.

Dos nombres. Y una película.

Buñuel, el aragonés, aportaba el rigor, el pulso cinematográfico y una violencia iconoclasta fría, casi documental. Dalí, el catalán, aportaba la imaginería onírica, los símbolos blando-corruptos (hormigas, manos putrefactas) y un sentido de la provocación más exhibicionista. La película es el punto de tensión entre el bisturí de Buñuel y la carne blanda de Dalí.

Esta dinámica queda encapsulada en la anécdota más famosa de su gestación: la idea inicial del filme surgió de un encuentro entre los dos genios, donde cada uno compartió un sueño.

Dalí había soñado con hormigas que pululaban en su mano, y Buñuel con una navilla cortando la luna en dos. “¡Yo soñé con una navilla cortando un ojo!”, exclamó Buñuel. En ese instante, supieron que tenían la primera escena de su película. El método era claro: solo incluirían imágenes que no admitieran una explicación psicológica o cultural racional. Era una declaración de principios contra el arte narrativo convencional.



Esta película, proyectada inicialmente para una élite en el Studio des Ursulines de París, trascendió inmediatamente su origen para convertirse en un objeto de culto y estudio. Hoy, analizarla en una clase de historia del cine, teoría del arte o psicología es esencial.

Funciona como un caso de estudio perfecto: se desgrana su simbolismo (el ojo como ventana a la percepción y su violación; los burladeros como peso de la tradición; los asnos podridos como moral caduca), se debate su intención puramente onírica frente a una lectura psicoanalítica, y se mide su impacto como acto iconoclasta cultural. La clase se convierte en un laboratorio donde se entiende que el surrealismo más que un estilo, es un arma.

La diversa evolución posterior de sus autores hace que “Un perro andaluz” sea aún más fascinante. Buñuel, el gran director de la mirada ácida y la estructura aparentemente clásica, nunca abandonó del todo el espíritu de ruptura de este cortometraje.

Películas como “El ángel exterminador” o “El discreto encanto de la burguesía” son ejercicios de lógica surreal aplicada a la narrativa. Dalí, en cambio, se alejaría del proyecto, llegando a acusar a Buñuel de ateísmo militante (cuando él abrazaba un misticismo extravagante) en su colaboración posterior, “La edad de oro”.

Aquí yace otra anécdota significativa: Dalí, al ver el filme terminado, se sorprendió de lo fiel que era a sus ideas comunes, pero pronto comenzaron las tensiones que los alejarían.



“Un perro andaluz” es la cristalización pura de un momento único donde dos mentes revolucionarias orbitaron en sincronía. Demuestra que el arte más perdurable nace a veces de la fusión temporal de sensibilidades diversas, capaces de crear un objeto que escapa al tiempo.

No es solo un manifiesto surrealista; es la semilla de la cual brotarían dos de las carreras más diversas e influyentes del siglo XX. Su enseñanza: la ruptura artística requiere el coraje de abandonar toda razón y entrar, en el ojo ciego del subconsciente.

Hay dos nombres.
Luis Buñuel.
Salvador Dalí.

Y hay una película: Un perro andaluz.

Dos nombres para la historia. Dos mundos. Dos sueños.

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𝙰𝚗 𝙰𝚗𝚍𝚊𝚕𝚞𝚜𝚒𝚊𝚗 𝙳𝚘𝚐



To @maiasun84

There are two names.

Luis Buñuel.

Salvador Dalí.

And there is one film: Un Chien Andalou (An Andalusian Dog).

Two names for history. Two worlds. Two dreams.

And in that film, they dared to explore together the darkest and most absurd corners of the imagination.

In that small room in Paris, they weren't just a director and a painter: they were accomplices, provoking each other, laughing at the impossible, letting their most personal fears and obsessions merge into the film.

Sometimes, the spark ignited from a shared idea; other times, from a visceral disagreement. Thus, between complicity and latent tension, two unique minds wove, almost unwittingly, an enigma that time has yet to unravel.



While Buñuel's later films would be characterized by a diverse surrealism, rooted in fierce anticlericalism and a precise and biting social critique, Dalí would evolve toward his more pictorial and personal "paranoiac-critical method."

But in 1929, his obsessions converged in a perfect storm.

Two names. And one film.

Buñuel, from Aragon, contributed rigor, cinematic pacing, and a cold, almost documentary-like, iconoclastic violence. Dalí, from Catalonia, contributed dreamlike imagery, soft-corrupted symbols (ants, rotting hands), and a more exhibitionist sense of provocation. The film is the point of tension between Buñuel's scalpel and Dalí's soft flesh.

This dynamic is encapsulated in the most famous anecdote of its creation: the initial idea for the film arose from a meeting between the two geniuses, where each shared a dream.

Dalí had dreamed of ants swarming on his hand, and Buñuel of a knife slicing the moon in two. "I dreamed of a knife slicing an eye!" exclaimed Buñuel. At that moment, they knew they had the first scene of their film. The method was clear: they would only include images that did not admit of a rational psychological or cultural explanation. It was a declaration of principles against conventional narrative art.



This film, initially screened for an elite audience at the Studio des Ursulines in Paris, immediately transcended its origins to become an object of cult following and study. Today, analyzing it in a film history, art theory, or psychology class is essential.

It functions as a perfect case study: its symbolism is dissected (the eye as a window to perception and its violation; the bullring barriers as the weight of tradition; the rotting donkeys as outdated morality), its purely dreamlike intention is debated in relation to a psychoanalytic reading, and its impact as a cultural iconoclastic act is measured. The class becomes a laboratory where it is understood that surrealism, more than a style, is a weapon.

The diverse subsequent evolution of its creators makes "Un Chien Andalou" even more fascinating. Buñuel, the great director of the acerbic gaze and the seemingly classical structure, never entirely abandoned the spirit of rupture of this short film.

Films like “The Exterminating Angel” or “The Discreet Charm of the Bourgeoisie” are exercises in surreal logic applied to narrative. Dalí, however, would distance himself from the project, even accusing Buñuel of militant atheism (while he himself embraced an extravagant mysticism) in their later collaboration, “L’Âge d’Or.”

Herein lies another significant anecdote: Dalí, upon seeing the finished film, was surprised by how faithful it was to their shared ideas, but tensions soon arose that would drive them apart.



“Un Chien Andalou” is the pure crystallization of a unique moment where two revolutionary minds orbited in synchronicity. It demonstrates that the most enduring art is sometimes born from the temporary fusion of diverse sensibilities, capable of creating an object that transcends time.

It is not just a surrealist manifesto; It is the seed from which two of the most diverse and influential careers of the 20th century would sprout. Its lesson: artistic rupture requires the courage to abandon all reason and enter the blind eye of the subconscious.

There are two names.

Luis Buñuel.

Salvador Dalí.

And there is one film: Un Chien Andalou (An Andalusian Dog).

Two names for history. Two worlds. Two dreams.

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